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Historia, Periodismo

¿Paz en la tierra?

El 9 de agosto de 1945, Nagasaki quedó destruida tras el lanzamiento de la segunda bomba atómica sobre Japón. Sin duda, ambos bombardeos, fueron el acontecimiento más atroz que el hombre perpetró contra el hombre en el siglo XX. La premeditación, la acción de exterminio, la poca humanidad, las secuelas no tiene paragón con algún otro flagelo donde el hombre fue el autor —y es lamentable tener con que hacer comparaciones.

Nagasaki segundos después del bombardeo

Para ese momento, la dinámica comunicacional en el mundo no permitía conocer con detalles la dantesca destrucción como podría conocerse en la actualidad —afortunadamente para los creadores de ese apocalipsis. Los detalles de la masacre comenzaron a salir poco a poco. Años, décadas han pasado para conocer los verdaderos efectos, y aún quedan muchas sombras en ese horrible episodio de la historia.

 

Sombra de una persona que murió desintegrada tras la explosión

Hoy, gobiernos a los que les incomoda la libertad —que honestamente son todos los gobiernos— hablan de energía atómica con fines pacíficos. ¿Y si un mal día los pleitos entre las élites de poder no encuentran otra salida que caer presa de la destrucción? Es más fácil segar la vida que sentarse a discutir. El problema es: ¿Cuál es la vida que va a terminar? El inocente cae primero.

Unas líneas más abajo dejo un texto que escribió, a modo de editorial, el director del diario El Nacional Antonio Arraiz el 11 de agosto 1945 a propósito de esta grosería de la historia: la bomba atómica. Arraiz nunca viajó a Nagasaki, aunque sí lo conoció a través de la novela Madame Crisantemo, y usando un innegable talento para las letras, una sensibilidad notable y los partes de guerra, dejó constancia de lo irracional que puede ser el hombre, y lanza una advertencia al futuro, a nosotros.

Existen para la reflexión palabras infinitas. Estas son unas pocas que fueron concebidas para incomodar conciencias. Espero que pueda usted darse unos minutos con el mundo que lo rodea.

 

Paz en la tierra*

“Las calles siguen una pendiente ascendente (porque los templos están siempre en las alturas), y a medida que subimos, a la magia de los faroles y de los trajes, se une otra, azulada, vaporoza. Todo Nagasaki, con sus pagodas, sus montañas, sus aguas tranquilas, inundadas de luna, elevándose al mismo tiempo que nosotros, en el aire. Lentamente, paso a paso, si puede descubrirse, aquello surge al rededor, envolviendo con un decoro diáfano todos los primeros planos, donde mariposean las luces rojas y banderas de todos los colores…”.

El anterior es un pasaje de la novela Madame Crisantemo, de Pierre Loti. El libro entero es una bella y dulce descripción de la ciudad japonesa de Nagasaki que acaba de ser destruida por la segunda bomba atómica. El argumento es la visita de un joven francés, que llega a la población con el único propósito de casarse con una japonecita, y la obra entera está saturada de suave, nostálgica, delicada ternura, que linda a menudo con un interés casi piadoso por la curiosa y extraña humanidad nipona. La ciudad surge al conjuro de este sentimiento (…) con sus montes, sus templos, sus bazares, la rada bulliciosa, congestionada de juncos, las callejuelas estrechas por donde corretean los “djins” de pies descalzos biombos, farolillos policromados, lindas musmés sonrientes de ojos almendrados, árboles enanos, flores, arroyuelos y rocas, y aquel canto persistente de cigarras que parece emanan del cielo azul…

Todo parece tan frágil, tan minúsculo, tan inofensivo.

Y un buen día; a penas a poco más de medio siglo de la época en la que el novelista francés escribía tan encantadora descripción, una espantosa explosión, como nunca la habían experimentado los seres vivientes, brota en el corazón de esa ciudad de muñecas, en resplandor horrible. Ilumina el firmamento, una columna de llamas, de polvo y de humo se levanta a millares de metros de altura, como para llevar a otros planetas el signo de la perversión humana, vuelan las casas, los quioscos, los biombos de madera y de papel. Las fuertes murallas de hormigón y de acero, el hormigón queda evaporado, el acero queda atomizado, un gigantesco y negro agujero, igual que la entrada al infierno, esta aura en el basto espacio en donde había un ciudad colmada de vida y el mar lleno de olas espumosas se retiran amedrentadas de la orilla, el que está a cien kilómetros de distancia siente entorno suyo la tierra estremecida, el que está cincuenta kilómetros de distancia queda cegado por la llamarada, el que está a veinte kilómetros de distancia muere abrazado por horrible calor y aplastado por horrible presión, muere la musmé que sonreía, muere el amante cuando daba el beso, muere el inocente que jugaba. Muere la madre dando a luz, muere la criatura aún no nacida en sus entrañas, muere la anciana que oraba al gran dios Ama-Tenace-Omi-Kami, mueren aun los pájaros en el aire y las cigarras que emborrachaban el cielo azul con su estridencia, y de todos ellos, y de todo ello, no queda sino polvo impalpable flotando en el espacio.

¿Qué ha pasado? ¿Qué profunda, inconcebible transformación se ha operado en el mundo y en el espíritu del mundo como para que a un cuadro tan armonioso y agradable como el que pintó Loti pueda suceder ahora una escena tan siniestra como la que propalan los partes de guerra, y, lo que es aun peor, como para que aquel sentimiento de universal ternura que llevaba hace cincuenta años a un joven francés a casarse con Madame Crisantemo en Nagasaki, se haya trocado con el tiempo en esta dura conciencia de la realidad con que un hombre de nuestros días pueda asistir a tanto exterminio si no impasiblemente, al menos implacablemente?

Ha pasado que se impuso el bárbaro y que fue perdiendo terreno el fino, el sensible, el bondadoso. Ha pasado que las fuerzas más negras y salvajes se desataron sobre la faz del planeta, y que poco a poco fueron llevando a los hombres aturdidos a violencias inauditas. Ha pasado que no fue la musmé sonriente y fresca o el plácido sacerdote quienes dieron su estilo de vida a aquel Japón encantador que visitaba el novelista, sino el sórdido mercader que exhibía barajitas en el muelle: y, en su propia Francia, en todos los países del mundo, no fue el mozo inteligente de la ancha mirada cordial y de la universal ternura, sino el negociante, el usurero, el egoísta, el banquero, el codicioso, avaro, quien venció. Al pequeño, muy mezquino, egoísta interés del uno se sumó poco a poco el pequeño, mezquino, egoísta interés del otro; todos los intereses reunidos se hicieron poderosos y conquistaron la vida. Su torpe instinto de rapiña imprimió su acento a la existencia colectiva. Los pueblos, sofocados por esa avasalladora maquinación de fuerza opresora, no tuvieron más remedio que someterse a su voluntad, y hacerse a su vez rapaces, egoístas, conquistadores.

Surgieron las ansias de conquistas, impulsos de expansión y de dominio, el afán imperialista. Se habló de zonas de influencia, de espacio vital, de países coloniales. Se fomentó el odio como un vehículo para la voracidad, la aptitud de agresión como una enseñanza para la ferocidad.

El resultado está a la vista. El resultado es que un día la humanidad, aterrorizada, se da cuenta que ha tenido que apelar a la transgresión de las propias fundamentales leyes del cosmos a la desintegración del átomo para aplastar ese espíritu que ha venido incubando en su seno.

Ahora el Japón pide la paz. Tal vez termine con ello ese proceso que se ha venido desarrollando tan avasalladoramente, y que ha llevado a la criatura pensante del idilio de Madame Crisantemo al apocalipsis de la bomba atómica. Esperamos que, como lo han prometido quienes tienen ahora, en sus manos, el destino político de las naciones, una nueva era se inaugure, una nueva era de regresión en ese camino desastroso, una era en que vuelvan a imperar, entre los hombres, los sentimientos de la bondad y la alegría, en que vuelve a imperar, sobre los pueblos, el sentido de la justicia, del desinterés, de la libertad, de la paz.

De no ser así, mereceríamos que esa tremenda potencia que la ciencia ha logrado desencadenar cuando desintegró el átomo, escape del dominio de nosotros, los hombres, sus liberadores; y que, por una especie de contagio de átomo a átomo, la misteriosa fuerza se transmitiese por todas los átomos de la masa de la tierra: de forma que algún día, en un momento imprevisto, en medio de la calma majestuosa del universo, los seres ignorados de otros planetas pudiesen contemplar a lo lejos, en una sola, fantástica explosión, la suerte que le supo a un mundo desventurado y a sus locos, aborrecibles habitantes.

Antonio Arraiz

*(El Nacional, 11 de agosto de 1945, p. 9).

Madre e hijo después de la explosión. Ambos murieron a los días

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Acerca de Boris Saavedra

Periodista y profesor universitario. Interesado en temas de Comunicación Digital, Gestión de Crisis y Cultura. Maestrante en IESA (MBA)

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Sólo reflexiones, escombros y basura posmoderna, en fin, una perdida de tiempo. Pura nostalgia y melancolía por el siglo que pasó, mezclado con la expectante agonía de los tiempos que vendrán. Sí, es con Ud. Sálvese, y no siga leyendo, o arriésguese a lo absurdo.

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