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Jonrón

Soy un cinéfilo. Es casi una enfermedad. Una adicción. No puede pasar una semana sin ver, mínimo, una película. También amo la buena escritura. Intento leerme un par de libros al mes. Solo por puro gusto. Por eso, siempre busco la forma de unir ese par de vicios.

La lectura del artículo dominical de Rodolfo Izaquirre en el diario El Nacional, es una comunión de dos de mis grandes intereses (los puedo confesar, claro). El día 11 de diciembre de 2011, Izaguirre publicó un magnífico texto, que si bien no trata nada referente al cine (Izaguirre es uno de los críticos de cine más fino que he leído), hace gala de su pluma monumental.

Les dejo el artículo para que lo disfruten tanto como yo lo hice.

[Mensaje para los que crean que irrespeté la ley publicando este texto: Pssst (Sonido de pedo hecho con la boca)]

Jonrón

Rodolfo Izaguirre

¡Siempre he sido magallanero!, pero cuando supe que también lo es el caudillo militar que nos agobia, mi primer impulso fue desertar y pasarme a las Águilas del Zulia, simplemente porque ellas vuelan lejos de Miraflores; pero no podía ser desleal y continúo siendo magallanero.

 Me comporto como los adecos que lo son hasta que se mueren. Se dice que cuando el país recupere la razón volverán los adecos a vestirse de blanco. Me alejé un poco del beisbol y me interesé más por el fútbol y por el tenis porque encontré a los jugadores de beisbol gordos y feos y me desagradaba verlos escupir a cada momento. El puertorriqueño Roberto Alomar le escupió la cara al árbitro principal. Fue castigado, desde luego; pero a los fanáticos aquello les pareció normal porque veían a Alomar escupiendo todo el tiempo.

Mi amigo C. O. abonado en el Universitario a los juegos en los que el equipo Caracas es home club me invitó a ver un Caracas-Magallanes desde la tribuna VIP, esto es, disfrutar el partido exactamente detrás del home con la visual del terreno frente a mis ojos maravillados.

Jamás había conocido semejante privilegio; tampoco, la gloria de ver perder al Caracas desde allí zarandeado por un par de espectaculares jonrones.

Nada en aquella tribuna VIP puede molestar a sus abonados: ni la cerveza que se desborda en los bleachers convertida en lluvia de entusiasmo ni los ánimos encrespados en peleas y agresiones. ¡Es zona VIP! y lo que discurre allí, además de los comentarios y los análisis de las jugadas, son las botellas de whisky de 18 años, hielo y vasos que llevan y traen los mesoneros con una celeridad que ya querrían tener para sí los propios jugadores cuando corren las bases.

Pero lo que siempre impresiona de los juegos es la masa de espectadores.

Variopinta, diría un académico; plural o policlasista, anotaría el sociólogo Tulio Hernández. ¿Y las chicas? ¡Todas operadas! Todas, sin excepción, con unas tetas agresivas, desproporcionadas y, por lo mismo, aterradoras; macizas, compactas: como las bolas que el pitcher lanza a home, pero mucho más grandes. ¡Tan grandes que si estuvieran en juego cualquier bateador las sacaría del estadio y los jonrones perderían valor y prestigio! El sitio que ocupaba, cercano a las gradas de acceso, me permitía ver a los que subían o bajaban por ellas con ropa de calle o luciendo cachuchas y franelas del equipo favorito y las mujeres con pantalones muy ajustados y zapatos impropios con tacones de aguja.

En el beisbol nada debe distraernos porque las jugadas son rápidas y cuando aciertas a ver ya se ejecutó el doble play o poncharon al bateador dejando dos hombres en base.

¡Pero me distraje! Vi llegar a una mujer vestida como para una cena de gala en la Embajada de Polonia, armada con dos poderosas “razones” que superaban las de mayor peso y volumen vistas desde que llegué al estadio. Unos implantes monumentales, heroicos; medalla de oro en cualquier competencia de lolas. Fascinado, hechizado por la anomalía, por tan despiadada incongruencia, no podía dejar de verlas mientras ella, disfrutando el momento y consciente de su poder, subía las gradas con lentitud y a ritmo de santa Rita. ¡Pasó a mi lado! Y fue cuando sentí rugir a la multitud: una algarabía; miles de pañuelos agitándose en las tribunas. ¡Era el jonrón con el que el Magallanes ganaba el encuentro a su eterno rival! Cuando miré, el bateador avanzaba hacia tercera rumbo al home. Golpeada por el bate la pelota se elevó, conquistó el espacio y cayó en las tribunas del left field para gloria del bateador, desdicha del Caracas y vergüenza de mi propio desaliento, porque por ver las de aquella mujer me perdí ¡la mejor jugada del partido!

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Acerca de Boris Saavedra

Periodista y profesor universitario. Interesado en temas de Comunicación Digital, Gestión de Crisis y Cultura. Maestrante en IESA (MBA)

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Sólo reflexiones, escombros y basura posmoderna, en fin, una perdida de tiempo. Pura nostalgia y melancolía por el siglo que pasó, mezclado con la expectante agonía de los tiempos que vendrán. Sí, es con Ud. Sálvese, y no siga leyendo, o arriésguese a lo absurdo.

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