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Literatura, Periodismo

Ecos narcóticos

          El periodismo es un oficio. Tal como un artesano se vale de varias herramientas para hacer un silla, por ejemplo, que tiene un fin práctico y uno estético, el oficio de contar historias se vale de varias técnicas para revelar los “modos” del hombre, de una forma que pueda considerarse un arte –por lo menos el periodismo que se hace bien–. Ahora bien, muchos están de acuerdo con lo anterior: el periodismo es narrar historias que sean de interés para las audiencias, de una forma que resulte agradable. Ser testigo, o dar la ilusión de serlo, es la médula del oficio. De esto se desprende el tótem más preciado de la profesión: la objetividad. Sin embargo, algunos de estos periodistas –o artesanos– se sirven este concepto –que usualmente se confunde con “verdad”– en un vaso corto y seco.

            Carlos Flores es un periodista y transgresor. La vida lo somete a situaciones en las él no está contento. Busca siempre llevar al límite a su cuerpo y luego tener la fuerza –o la suerte– de regresar ileso para contarlo todo. El periodismo que practica no es el de testigo, sino el de protagonista. La noticia no puede ser un hecho que está aislado de su vida. Su técnica no es pararse en la calle de enfrente a ver pasar los hechos, él tiene que enfrentarse a las situaciones, tocarlas, respirarlas, y a veces, fumárselas.

            La objetividad no es un valor para Carlos Flores. Para él eso no existe. Se dirá que para muchos periodistas la objetividad es solo una ilusión. Que nuestras experiencias son un filtro que matizan los hechos y los convierten en una interpretación sesgada. Sin embargo, Flores siempre va más allá de eso. Él no solo filtra con sus vivencias lo que cuenta –como lo hace, sin poder evitarlo, cualquiera que se dedique al oficio–, sino que participa de ello, lo manipula –¿lo pervierte?– y lo expone desde el lugar a donde no puede llegar ninguno, sin sacrificar algo: desde la práctica. Es como colocar a dos personas a describir el sabor de una manzana: una, la que investiga, pregunta, lee, busca, invierte mucho tiempo en convertirse en un experto, pero nunca prueba; la otra, siente, en un solo movimiento se lleva la manzana a la boca. La muerde lentamente. Deja que el jugo se escurra por la barbilla y la camisa le sirva de babero. El primero explica con detalle y responde la pregunta: ¿A qué sabe una manzana? El otro, con el sabor todavía en la boca y el aliento perfumado de la fruta, escupe su explicación. Sin hipótesis, solo con la prueba de que probó. ¿Quién sabe más?

            Así, Carlos Flores expropia las técnicas de Hunter S. Thompson –un mito urbano, lo llaman algunos– y no investiga, sino que vive. En su libro Temporada caníbal, cuenta su participación en una fiesta rave como juerguero, y posteriormente, como periodista. El suicida doctor Thompson llamó a esta técnica de reporteo periodismo gonzo.

            El libro es el relato, en primera, segunda y tercera persona, de cómo se vive una fiesta de estas proporciones. La que él narra, fue en la Bahía de Patanemo, Puerto Cabello, estado Carabobo. La actividad tenía como propósito celebrar el último eclipse solar del milenio. Febrero de finales del siglo XX. El reportero-protagonista se vale de la crónica como herramienta artesanal para adornar su cuento.

            —Jefa, hay una rave en Patanemo. Lo que yo imagino es que eso es pura música loca, drogas y total demencia. Mi única pregunta es: ¿Te parece que debamos ir, y antes pedir que nos den un montón de material POP de El Carabobeño para repartirlo entre los viciosos turistas que nos visitan, y luego publicar un súper reportaje de investigación en Paréntesis?

                —Ajá —dijo ella mientras seguía hablando por teléfono y miraba con detenimiento una libreta verde. —Vayan.

                Di media vuelta. Dije:

                —Rock ‘n’ roll —y recogí mis cosas (p. 19).

            De este modo, Flores escribe cómo fue el momento en la redacción de El Carabobeño, en Valencia, cuando comienza su aventura. No parece que las motivaciones fueran puramente periodísticas. Hay en él un dejo de curiosidad autodestructiva que no va en la línea del periodismo tradicional, pero al fin de cuentas, es un periodismo mordaz, de detalle –tal vez demasiados–, del que revela una realidad oculta –la capacidad degenerada que tienen los jóvenes de disfrutar sus cortas vidas–. Sin duda un trabajo periodístico, pero sin ninguna máscara, intención, disfraz o velo de objetividad.

            En el texto se describen momentos alucinantes. Desde como Flores compra las drogas de las que se hace para tomar fuerzas en su labor por la libertad de expresión, hasta algunos de los personajes subrrealistas que conoció en la orilla de la playa, pasando por un vivido relato de cómo se siente estar absolutamente drogado:

   Felipe y yo seguimos tomando whisky y en unos minutos me fumé todo el troncho. No me detuve a pensar con qué estaba aliñado, qué clase de veneno tendría aquel pequeño tabaco. Pero de pronto, ¡lang!, sentí como se recibía un batazo en la nuca y las paredes del apartamento comenzaron a fundirse en una extraña melcocha parecida a la mantequilla de maní y el piso se convirtió en un pozo de arenas movedizas con chispas brillantes, como estrellas… por cierto, ¿han visto los sapos gigantes que están apunto de tocarme los pies?… ¡No, sarta de batracios endemoniados, no voy a dejar que me llenen de su putrefacta baba! (p. 69).

            ¿Un reportaje sobre el consumo de drogas desde la perspectiva del consumidor? O ¿un simple adicto? La certeza es que Flores describió una realidad, contó una historia. Hizo periodismo. Habrá algunos que dicen sobre este trabajo que es un desacato a todas las normas. Que, si bien es cierto, no existe la objetividad, el sesgo no es buen consejero. Pero este joven periodista gonzo aproxima al lector a un mundo que es ajeno a muchos, mas existe. Un ambiente en el que orbitan muchas cosas que están sujetas por hilos muy finos que nadie ve, pero se sienten. Flores quita el velo y se arriesga a no volver cuerdo. Es probable que no sea una obra de heroísmo -y si lo fuera pierde todo valor periodístico-, todo lo contrario, Carlos Flores se ve como un pecador y lo disfruta. El lector que es capaz de levantar la alfombra y ver la basura, encuentra las relaciones con facilidad con este texto. Con este trabajo de Carlos Flores es el diario de una Venezuela esencial -¿buena, mala? No importa. Esencial-.

            El libro cierra con una reflexión contundente sobre el periodismo. Flores confiesa ¡cómo es su esquema de trabajo. Manifiesta una inquietud que muchos pasan por alto, tal como caminar al lado un mendigo en la calle con la mano extendida:

                Pienso que un gran reportaje es aquel donde –quizá sin quererlo- el periodista entra de lleno a mundos desconocidos que amenazan con absorberlo. Creo que hay tantas cosas elementales sobre las que muy pocos escriben, en especial los periodistas. Yo no creo en lo que dice un político ni un magnate ni un cantante ni una actriz de telenovelas… y lamentablemente sobre esos pervertidos límites es que gira el mundo del periodismo venezolano –y sé que también de muchas otras partes de este cruel planeta-, dejando a los lectores y televidentes con una gruesa y asquerosa venda que les impide estar en contacto con otras realidades mucho más orgánicas y honestas. El periodismo que he conocido nunca podrá ser objetivo porque se basa en las opiniones de personas que están metidas en medio de extraños conflictos… y no sé pero lo que soy yo no conozco a nadie que sea completamente honesto, mucho menos cuando está en problemas (p. 109).

            “Este no es un libro común en el periodismo venezolano”, se lee en la contra portada del libro. Ciertamente no, y el autor tampoco. Carlos Flores acepta sus debilidades y las disfruta. Se enfrenta a su verdad, que es la muchos, y cuenta la historia. No utiliza el maquillaje de ese que venden a la opinión pública como “objetividad” para contaminar con juicios, si no que se para frente a lo real, lo prueba y lo describe. Cuenta una historia, hace periodismo. Dice la verdad.

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Acerca de Boris Saavedra

Periodista y profesor universitario. Interesado en temas de Comunicación Digital, Gestión de Crisis y Cultura. Maestrante en IESA (MBA)

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Sólo reflexiones, escombros y basura posmoderna, en fin, una perdida de tiempo. Pura nostalgia y melancolía por el siglo que pasó, mezclado con la expectante agonía de los tiempos que vendrán. Sí, es con Ud. Sálvese, y no siga leyendo, o arriésguese a lo absurdo.

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