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Columna, Grotexto, Periodismo

Silicona

Me fui con una pila de sinvergüenzas –dícese: amigos– a darle el primer golpe a la quincena. Llegamos a uno de esos sitios donde no hay lugar para estacionar y una criatura nos dijo: “Bien cuidao, patrón”. De entrada uno sabe que lo van a clavar, y si no te dejas, mínimo un caucho espichado. Pasado los obstáculos, nos sentamos en una mesa y comenzamos.

Despierto en casa. No sé cómo llegué, cómo tengo una pijama puesta y cómo estoy vivo. La vida siempre me sorprende con sus misterios. Suena el teléfono. Es uno de los sinvergüenzas: “Bicho, coronaste, ¿no?”, pregunta. Comienzan a armarse los fotogramas de la noche anterior.

En plena orgía de humo, rocanrol y alcohol, aparece un grupo de mujeres surtidas. Rubias, morenas, altas, bajas, gordas y flacas. Comienza una charla tonta y sin ningún tipo de trascendencia. Y no tiene porqué serlo, es decir, ellas saben lo que quieren y yo ando en mi fervor etílico. Parece que todo estuvo bien. Recuerdo risas y no cachetadas.

A juzgar por las condiciones en las que desperté, creo que no “coroné”. “No”, le digo al sinvergüenza. “¡Pero si estuvieron hablando toda la noche! –dice–. Eran pura risa”. En efecto, recuerdo las carcajadas. También recuerdo que llegamos al acuerdo de que Chinese Democracy, el último disco de Guns N’ Roses, no es tan bueno como se esperaba. Pero nada más.

Sigue el interrogatorio: “¿Y cómo se llama la jeva?”. “¡Bicho!”, pensé. En ese instante recordé toda la noche: me llevaron a mi casa, me puse solito la pijama (un short y una franela de un plan vacacional del ‘92) y estoy vivo porque Dios es grande. Me acordaba de cada palabra de la conversación con la muchacha, de todo lo que llevaba puesto, incluso del tono de su voz. Y le dije al pana del teléfono: “No sé, la tetona”.

Esa chica, bonita ella, inteligente ella, perdió su identidad. Al mandarse a empotrar un par de gomas en el pecho, reemplazó su nombre por “la tetona”. Seguramente esa no es su característica más importante, pero es lo que ella quiso destacar de sí. “¡Ah, sí! Tenía los cocos montados”, cierra el sinvergüenza.

Después pensé: “Ojalá no sean PIP”.

Este texto se publicó el día 25 de octubre de 2012 en el diario venezolano 2001. Página 2. Columna “Grotexto”

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Acerca de Boris Saavedra

Periodista y profesor universitario. Interesado en temas de Comunicación Digital, Gestión de Crisis y Cultura. Maestrante en IESA (MBA)

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Sólo reflexiones, escombros y basura posmoderna, en fin, una perdida de tiempo. Pura nostalgia y melancolía por el siglo que pasó, mezclado con la expectante agonía de los tiempos que vendrán. Sí, es con Ud. Sálvese, y no siga leyendo, o arriésguese a lo absurdo.

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